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¿DE QUÉ SOMOS CULPABLES? Una historia sobre artesanías y marihuana

[fa icon="calendar"] May 21, 2018 4:04:59 PM / by Héctor Olallez

Nos encontrábamos en el mercado de artesanías de una turística ciudad ubicada en algún punto de la República Mexicana. El escenario es lo de menos. Lo ocurrido pudo suceder en cualquier lugar.

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Abraham, amigo y compañero de la universidad, es un talentoso fotógrafo que aprovechaba el viaje para ampliar su portafolio. Era nuestra primera vez visitando este pintoresco pueblo lleno de tradiciones y, creo yo, una ciudad desconocida siempre invitará a sensibilizarse ante los nuevos escenarios, y está en la decisión interior de cada persona, aprovechar o no esta oportunidad.

Mientras yo contemplaba las figurillas de madera y los tejidos y a las mujeres, Óscar se encontraba en la constante búsqueda de la estampa ideal para capturar.

Lo más interesante sería fotografiar mercancía, pero no estoy seguro de que eso sea posible”, comentó mi amigo, y estuve de acuerdo.

Le sugerí negociar algún pago a cambio de tomar fotografías, para no sentirse obligado a comprar algún producto en cada puesto y, así, poder dedicarle más tiempo y detalle a sus composiciones.

Sin embargo, sorpresivamente, todas las personas accedieron a que sus puntos de venta fueran fotografiados, sin mostrar interés alguno por tomar el dinero. O bueno, casi todas. Una singular excepción cruzó nuestro camino mientras avanzabamos en el laberíntico mercado.

Un puesto lleno de diversas texturas, que iban desde collares y anillos en madera, hasta corazones tejidos y rellenos de algodón, llamó nuestra atención de inmediato. Los colores vivaces nos hipnotizaban, y mi amigo buscó al encargado del lugar para pedir permiso de tomar fotografías.

El vendedor resultó ser un chico que rondaba los quince años de edad. Su puesto, improvisado, se encontraba en realidad en la banqueta de una calle. Usaba dos rejas metálicas para colgar mercancía, y una lona de plástico para protegerse de la lluvia. Dejé a Abraham hablar a solas con el muchacho. Mi amigo explicó su profesión, y sus intenciones de capturar al menos tres o cuatro fotos en su lugar de venta. Pensativo, el encargado primero intentó cobrar 50 pesos por cada fotografía.

¿Cómo ves, no es demasiado?” Se dirigió Abraham hacia mí.

Ya lo creo, ofrécele 100 pesos por cuatro fotos”, sugerí yo.

El jovencito accedió.

Desconozco el oficio de la fotografía, pero no me faltó sentido común para entender que mi amigo se tomaría sin apuro todo el tiempo que fuera necesario con tal de obtener las imágenes que deseaba y desquitar sus cien pesos. Me decidía a que mientras tanto, yo compraría un par de productos de esa bella mesa, cuando una canción que se escuchaba en unas bocinas ubicadas en la mesa de artesanías me distrajo. Era un ritmo agradable y moderno, cuya letra hablaba sobre la discriminación indígena en el centro y sur de México.

¿Quién canta eso que escuchas?” Pregunté.

Es Ska-P.

La banda española que a muchos quinceañeros impacta con sus letras, era el soundtrack de este puesto de venta de artesanías.

Odio el reggaetón, no me gusta que solo diga tonterías. Ska-P explica ideas interesantes en sus canciones”, dijo el vendedor adolescente.

"Estoy de acuerdo, a mí también me gusta Ska-P", agregué.

Le pregunté su nombre y, nervioso el puberto, me respondió dubitativo con un pseudónimo. Class.

Entiendo, eres Class para mí”. Decidí dejar de lado indagar el significado de ese bizarro apodo, y continué la conversación.

Nos conocimos un poco más, su curiosidad no tenía límites. Indagó sobre de dónde veníamos, y respondimos que de la capital del país. Me preguntó a qué me dedicaba. Yo le comenté que era escritor y periodista, y que a veces, con suerte, podía publicar crónicas de mis viajes.

"Yo también escribo, pero mi familia dice que eso me está volviendo loco, porque escribo mis ideas, y ellos creen que mis ideas son muy raras", comentó con desgana.

Eso nos pasa a los escritores, es más fácil que te reconozcan como un loco a como un escritor, ¿pues cuáles son tus ideas?

mercado-de-artesaniasYo soy indígena, todavía hablo la lengua de mis papás y de mis abuelos, pero me interesa mucho el mundo exterior también, conocer gente como ustedes, que hacen cosas interesantes como escribir, dibujar, pintar o tomar fotos.

Arte… (Ayudé a completarle la idea)

¡Sí, eso! A mí me gusta mucho el arte, y creo que no debe estar peleada el arte que hacemos nosotros los indígenas y ustedes los mestizos. Si nos combináramos más, las cosas irían mejor para todos.

Me conmovió la sinceridad con la que expuso sus pensamientos. De inmediato, también nos habló de su preocupación por el exceso de plástico en nuestras vidas diarias, y del riesgo de la privatización del agua. Sin ir a la escuela, Nick había hecho de su Smartphone de gama media, una enciclopedia móvil, adecuada a sus necesidades e intereses.

Abraham, minucioso, participaba de a poco en la conversación mientras cambiaba el lente de su cámara. Class era muy simpático.

Elegí comprar un par de corazones rellenos de lana. Me servirían como regalos una vez de vuelta en la ciudad capital. Le comenté al niño indígena que en las grandes urbes de este país, nos vemos obligados a comprar plástico casi todo el tiempo, con pocas oportunidades de reciclar y reutilizar de manera inmediata.

Yo tengo varias ideas para seguir reciclando el plástico de las botellas. Aquí en el mercado, cada que cerramos recojo al menos un medio kilo de botellas vacías de coca cola”. Su mentalidad era muy distinta a la del promedio de quinceañeros que había conocido antes.

Finalmente, mi amigo dejó de disparar con su cámara, y empezó a revisar el material recolectado mientras se unía más a la charla.

Tengo cinco fotos buenísimas y pagué por cuatro, ayúdenme a deshacerme de una para quedar a mano”, nos invitó.

Tanto Class como yo, inexpertos en la composición de imagen, nos vimos envueltos en el incómodo momento de la selección. Como era de esperarse, cada uno de los tres descartó una foto distinta.

No quiero borrar ninguna”, imploró mi amigo en tono de turista.

Class consultó a su hermana en el idioma de su etnia. Por las sonrisas que dibujaban, era evidente que éramos su motivo de diversión y dinero fácil.

La quinta foto te va a costar 50 pesos, como te había dicho al principio”, dijo Class usando un tono de comerciante sin ánimos de negociar.

Oye, pero yo ya compré mercancía también, y no fue barata, ya déjanos la última foto”, le interrumpí con picardía.

Sorprendido, pero desenfadado, Class accedió. Tal vez nunca esperó una contraoferta alguna de nosotros, pero aquello sólo volvió más divertido el proceso en el que Abraham obtuvo sus fotografías. Nos despedimos del muchacho, nos pidió nuestros teléfonos y de la misma manera, nosotros apuntamos el suyo.

Mándame lo que escribes, me interesa”, le comenté.

Tal vez en unos meses tenga chance de mandarte una camarita, para que puedas tomar mejores fotos”, terció Abraham.

Nos alejamos poco a poco del mercado.

Un chico bastante suspicaz, el resto de las personas deberían negociar igual que él cuando llega un fotógrafo”, concluyó mi amigo.

hiroko reaney,Mientras caminábamos a las afueras del mercado, cuando una casualidad extraña puso a Class nuevamente en nuestro camino.

Oigan, ¿marihuana no van a necesitar?

Su pregunta fue inesperada y supongo que lo notó de inmediato,

No me digan que no lo hacen, el 80 por ciento de los turistas compran más drogas que artesanías. Además, también sé que es muy común en las personas que van a la Universidad y les gusta leer”.

Su argumento nos divirtió. Abraham y yo solíamos fumar juntos mientras asistíamos a la Universidad. Jamás fue un impedimento para terminar nuestras carreras, conseguir empleos y seguir con vidas medianamente normales y mayormente aburridas, pero con momentos de relajación y reflexión que son posibles gracias al THC.

En otra ocasión, Class. Ahorita ya no la necesitamos porque ya nos vamos al aeropuerto”, improvisé. No le dije que parte de mi código de conducta personal, me impedía comprar drogas a menores de edad.

Ahora vemos de dónde viene esa suspicacia”, susurró Abraham con una sonrisa mientras lo dejábamos a lo lejos otra vez.

Intentamos justificar la escena de diversas maneras. Tal vez sus actividades como menudista eran parte de una dinámica económica familiar tal vez. Al menos, dijo Abraham, lo que nos ofreció fue marihuana y no otra cosa.

Seguimos discutiendo sobre si el chico en verdad era un vendedor de estupefacientes o no. Tal vez sólo nos estaba jugando una broma. Tal vez quería estrechar más amistad con nosotros a través de la yerba. Luego volvimos a pensar a Nick como un individuo en población vulnerable. Un menor de edad indígena, uno de los rostros más repetidos de la pobreza en nuestro país. La cárcel está repleta de ellos.

Su inteligencia nos sorprendía más que este escenario tan normalizado de crisis económica y social.

 Y, con la suspicacia de Class, sólo quedó preguntarnos:

¿De qué somos culpables? ¿De experimentar con nuestra propia consciencia? ¿De considerar alternativas que para el sistema no existe? ¿De qué sería culpable Class? ¿De ser pobre, de cuestionar, de ser indígena e inteligente a la vez?

Urge legalizar y cambiar los paradigmas de pensamiento. La oportunidad es única en este momento y de no tomarla, puede irse para siempre.

 

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Topics: legalización de la marihuana, legalizar

Héctor Olallez

Written by Héctor Olallez

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